CANIBALISMO Y ORALIDAD EN LOS CUENTOS DE HADAS

Bankoboev.Ru_gustav_dore_malchik_s_palchikIlustración de Gustave Doré para Pulgarcito.

Según comenta María Tatar en su prólogo para Los cuentos de hadas clásicos anotados, las descripciones de violencia física en los cuentos de hadas suelen provocar una fascinación especial en los niños. Y no solo cuando esa violencia se relaciona con el castigo a los villanos, como bien ejemplifica en la anécdota que refiere de la escritora Angela Carter, quien en su infancia reía a carcajadas cada vez que su abuela fingía ser el lobo comiéndose a Caperucita Roja. Esto podría llevarnos a observar cierto sadismo manifiesto por parte de los niños, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, podría argumentarse que sus risas e incluso fascinación ante hechos tan violentos están más bien relacionados con una válvula de escape, al ver sus mayores temores sublimados en personajes ficticios, que por supuesto no son ellos mismos.

No es de extrañar, pues, la recurrencia en los cuentos de hadas (no lo olvidemos: historias de terror para niños, al menos en sus variantes más oscuras) de lo que Bruno Bettelheim considera uno de los mayores temores de la infancia: el miedo a ser devorados. Lo vemos en Caperucita roja, sin ir más lejos, donde tanto la protagonista como su abuela son devoradas por el lobo feroz. Pero resulta aún más interesante y perturbador cuando este deseo voraz por la carne humana se materializa no desde un animal personificado, sino nada menos que desde otro ser humano.

Volviendo a Caperucita roja, en una de sus versiones más antiguas (y menos edulcoradas) es la propia protagonista quien, engañada por el lobo, practica el canibalismo al devorar nada menos que a su abuela:

El lobo tomó el camino de los alfileres y llegó primero a la casa. Mató a la abuela, puso su sangre en una botella y partió su carne en rebanadas sobre un platón. Después se vistió con el camisón de la abuela y esperó acostado en la cama. La niña tocó a la puerta.
– Entra, hijita.
– ¿Cómo estás, abuelita? Te traje pan y leche.
– Come tú también, hijita. Hay carne y vino en la alacena.
La pequeña niña comió así lo que se le ofrecía; mientras lo hacía, un gatito dijo:
– ¡Cochina! ¡Has comido la carne y has bebido la sangre de tu abuela!

Obsta subrayar, por obvias, las connotaciones en torno a la liturgia católica, en concreto a la comunión, que encierra ese “Has comido la carne y has bebido la sangre de tu abuela”.

En Blancanieves, la malvada madrastra no se contenta con ordenar al montero real que asesine a Blancanieves, sino que le pide como prueba del asesinato que le traiga los pulmones y el hígado de la joven. Y, aunque finalmente el montero se apiada de nuestra protagonista y decide engañar a la reina llevándole los órganos internos de un cachorro de jabalí, observad lo que nos cuentan los hermanos Grimm:

Y como acertara a pasar por allí un cachorro de jabalí, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la reina como prueba de haber cumplido su mandato. La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves.

Si en el pasaje previo de Caperucita roja observábamos cierta referencia a la comunión católica, en este de Blancanieves detectamos una prolongación de las costumbres de determinados pueblos antiguos, que creían que al comer la carne de sus enemigos lograrían adquirir las cualidades de estos (y no olvidemos que, debido a su belleza, la gran enemiga de la narcisista reina es Blancanieves).

Sigourney Weaver como la reina malvada en "Blancanieves: un cuento de terror"Sigourney Weaver como madrastra malvada en Blancanieves, un cuento de terror

También hay canibalismo en Hansel y Gretel, por supuesto con esa bruja malvada que quiere engordar a los dos hermanitos para comérselos. Pero, sin salir de este cuento, podríamos encontrar un canibalismo algo menos obvio (y, sin duda, más simbólico) cuando los protagonistas empiezan a devorar la casa de pan y dulces… al menos, según la interpretación de Bettelheim, quien en Psicoanálisis de los cuentos de hadas nos lo comenta así:

Al engullir el tejado y la ventana de la casita de turrón, los niños demuestran que están dispuestos a comerse a alguien además de la casa. (…) Por consiguiente, la casa que Hansel y Gretel devoran feliz y despreocupadamente representa, en el inconsciente, a la madre buena que ofrece su cuerpo como fuente de alimento.

Asimismo, Pulgarcito sigue fielmente la tradición del villano caníbal con ese ogro que no solo pretende comer a Pulgarcito y sus hermanos, sino que incluso llega a amenazar a su propia esposa con comerla cuando esta trata de engañarlo para evitar que se dé un banquete a costa de los pobres niños.

No quisiera finalizar sin antes sacar a colación uno de los cuentos más sórdidos y desconocidos de los hermanos Grimm: El enebro. En él, (de nuevo) una madrastra (cómo no) malvada no solo decapita a su hijastro, sino que, temerosa de que la descubran, decide cocinar el cadáver y servírselo a su esposo, quien al sentarse ante un banquete compuesto por el cuerpo de su propio hijo nos remite al mito de Saturno devorando a sus hijos o, más próximo en el tiempo, al desenlace de la obra teatral Titus Andronicus, de William Shakespeare:

—¡Marlenita! —exclamó la madre—. ¿Qué has hecho? Pero cállate, que nadie lo sepa. Como esto ya no tiene remedio, lo cocinaremos en estofado.

Y, tomando el cuerpo del niño, lo cortó a pedazos, lo echó en la olla y lo coció. Mientras, Marlenita no hacía sino llorar y más llorar, y tantas lágrimas cayeron al puchero que no hubo necesidad de echarle sal. Al llegar el padre a casa, se sentó a la mesa y preguntó:

¿Dónde está mi hijo?

Su mujer le sirvió una gran fuente, muy grande, de carne con salsa negra, mientras Marlenita seguía llorando sin poder contenerse.

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