CAPERUCITAS AL DESNUDO: CAPERUCITA ROJA EN EL CINE

Posiblemente, mi cuento de hadas favorito es Caperucita Roja. No sé qué me fascina tanto en la historia de esa niña (aunque la mayoría de adaptaciones retoman convenientemente el componente erótico de la versión de Charles Perrault y hacen de ella una “niña” no tan pequeña) que ha de cruzar un bosque milenario para llevar una cesta con comida a su abuela convaleciente… y, por el camino, despertar a la sexualidad de la mano del gran lobo feroz. No me cansaré de repetirlo: si queréis indagar en las raíces y múltiples reelaboraciones que este mito ha tenido durante la historia, lo ideal es leer el ensayo Caperucita al desnudo, de Catherine Orenstein. Y sin embargo, es un libro que sigue quedándose corto, pues las relecturas no dejan de sucederse, como si aún quedara mucho por decir… o por explotar, según el caso.

Sin ir más lejos, hace unos años tuvimos la versión cinematográfica que rodó Catherine Hardwick, y que, tomando como precedente su saga de Crepúsculo, adaptó (quizá con más tino y audacia de los que yo mismo esperaba) esta metáfora sobre los peligros del despertar de la sexualidad a las nuevas corrientes de moda sobre jovencitas virginales atraídas por jovencitos depilados y con toque paranormal de turno. Cámbiense vampiros por licántropos y encontraremos las claves de lo que nos ofrecía aquella nueva (y no, por curiosa, poco oportunista) versión del cuento de Perrault donde, esta vez sí, había menos mojigatería que en las adaptaciones fílmicas de Stephenie Meyer. Sobre todo, si nos atenemos a (ATENCIÓN: SPOILER) esa Caperucita que queda embarazada del presunto chico malo de la historia y, sin boda de por medio que valga, huye a las montañas al final para criar una dulce camada de lobitos. (FIN DEL SPOILER).

En cualquier caso, ya digo que aquella solo fue la punta del icerberg. Hoy me gustaría hacer un pequeño repaso a aquellas encarnaciones de Caperucita Roja que me parecen más reseñables dentro del mundo audiovisual. Me ciño básicamente a cortos y largometrajes, dejando fuera (con todo el dolor de mi alma) maravillosas adaptaciones como la del anuncio de Chanel nº 5.

En el cortometraje de David Kaplan, una Christina Ricci pre delgadez extrema prestaba sus aún voluptuosas formas púberes a una adaptación fiel tanto al original de Perrault (aunque estaba narrada en verso, nada menos que por Quentin Crisp) como a algunas versiones orales del cuento no solo más antiguas, sino también más retorcidas (Caperucita exhibe una astucia mayor de lo que nos suelen pintar… aunque sin llegar a los niveles que iremos viendo posteriormente). Una rareza no poco recomendable.

En Le dernier Chaperon Rouge, alucinado y pseudofuturista cortometraje francés de imagen fuertemente enraizada en los mundos de Jean-Pierre Jeunet, la actriz Emmanuelle Béart compuso una de las Caperucitas más sensuales que recordamos. Se sigue jugando con la mezcla de candidez y erotismo, pero sus exhibiciones de poder son aún demasiado dubitativas como para no seguir hablando de una fantasía sexual masculina hecha carne, en esencia. Pese a todo, su condición de cuento oscuro, su estética fascinante y una pequeña vuelta de tuerca a la historia tradicional (sobre todo, en lo que a las intenciones de la abuela se refiere) son bazas lo bastante poderosas como para recomendarla.

Anna Paquin nos dio con su papel en la espléndida Truco o trato una inesperada relectura de Caperucita Roja que, si bien no tiene mucho de original en sí misma, sí lo tiene en cómo queda reflejada en la pantalla, en cómo se adapta a la temática del filme y, sobre todo, en el modo con que juega y retuerce las expectativas del público objetivo de esta clase de películas episódicas. Una relectura con un buen giro final que, por qué no reconocerlo, hace de este segmento (si de segmentos podemos hablar en un filme episódico tan poco episódico) posiblemente el más memorable de la película.

Es posible que, hasta la llegada de Freeway, nunca antes nos hubiéramos encontrado con una versión de Caperucita tan rematadamente gamberra, de un humor negro maravilloso, y tan necesaria para describir nuestra realidad inmediata en un mundo moderno. En ella, Reese Witherspoon se convierte en una impagable Caperucita suburbial que, tras una serie de contratiempos familiares, se ve obligada a desplazarse en coche en busca de la abuela a la que apenas conoció. Por desgracia, un problema con el motor la deja tirada en plena autopista… al menos, hasta que un amable psiquiatra llamado Dr. Wolverton (¿hacen falta explicaciones con semejante apellido?) se ofrece amablemente a ayudarla. A partir de aquí, se nos agasaja con una espiral de violencia, sadismo psicológico y muy mala uva, en la que, llegados a un punto, ya no sabemos quién es el acosador y quién el acosado.

Y hablando de papeles confundidos entre acosadores y acosadas… Antes decía que, hasta la llegada de Freeway, no habíamos conocido una adaptación tan necesaria para describir la realidad inmediata. Y así siguió siendo, desde luego, al menos hasta el aterrizaje de Hard Candy, que optaba por olvidarse de las coartadas cómicas y cuasicartoonescas de la anterior para ofrecernos la visión más oscura, perversa y terrorífica que hay a fecha de hoy (me cuesta imaginar que se supere) del cuento clásico. Esta vez, el papel de Caperucita es interpretado por Ellen Page, dando vida a una menor de edad (¿o al final no era menor…?, no en vano, Ellen ya era mayor de edad cuando interpretó este papel), que se cita a ciegas con un treintañero con el que ha estado chateando, sin sospechar los peligros que puede entrañar semejante encuentro. Una película opresiva, de moral difusa, por momentos casi insoportable, llena de giros inesperados y sin la menor concesión a la piedad. Y, por si esto no fuera suficiente, nos regala una interpretación prodigiosa tanto por parte de Page como de su compañero de reparto. Sin duda, un clásico de lo que llevamos de siglo.

Y he aquí la película que me enseñó a amar el mito: En compañía de lobos, de Neil Jordan, adaptación ejemplar del relato homónimo de Angela Carter, así como de Licantropía y Lobalicia. Si alguien cree que Catherine Hardwick inventó el agua tibia con su adaptación “crepusculiana”, quizá debiera echarle una ojeada a este cuento ochentero de despertar a la sexualidad, con una sensual Caperucita (Sarah Patterson) atraída y repelida al mismo tiempo por esos enigmáticos hombres salvajes del bosque, que son peludos por dentro y a los que las cejas se les juntan. Nunca antes el mito de la joven atraída por el lobo feroz había brillado con tal intensidad. Nunca antes el misterio del bosque milenario fue presentado con tal exuberancia. Nunca antes se habían mostrado con tal exactitud las leyendas europeas sobre los hombres lobo. Una película que te atrapa desde el primer visionado y que, al menos en mi caso, se me ha quedado dentro. Imprescindible.

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