DE PADRES EGOÍSTAS Y TRATOS DEMONÍACOS

QueenGuesses-smallIlustración de Paul O. Zelinksi para Rumpelstiltskin.

Sin duda, solo hay algo más terrible en los cuentos de hadas que el rapto de bebés por parte de seres mágicos: el canjeo de estos bebés por parte de sus padres, ya sea llevados por un acto de mero egoísmo o tan solo de pura irreflexión. Un hecho doblemente monstruoso, en cualquier caso, ¿pues qué puede haber más terrible que unos padres usen a sus bebés como moneda de cambio? Y aun así, no son infrecuentes los cuentos que reflejan esta transacción deshumanizada. Una transacción que, en efecto, se suele observar como un hecho casi consumado que no merece discusión o cuestionamiento alguno (algo no tan de extrañar, habida cuenta de esos matrimonios arreglados que eran moneda común en otros tiempos).

En Rumpelstiltskin (también conocido como El enano saltarín o La hija del molinero), la protagonista hace tres tratos consecutivos con un misterioso enanillo para que la ayude a tejer una montaña de paja hasta convertirla en oro. En el primer trato, promete regalarle su collar como contraprestación. En el segundo, su sortija. En el tercero, vemos cómo el enano, ya menos satisfecho con otra ofrenda material, le pide algo que va más allá de las normas habituales de una economía de trueque: que le entregue a su primogénito cuando este nazca. La molinera, descargando su conciencia ante su imposibilidad de conocer el futuro (¿quién sabe si llegará a ser madre, siquiera?), acepta el trato. Un año después, la mujer es madre. Y el enano vuelve para exigirle que cumpla su parte del trato.


Claro que en Rapónchigo nos topamos con un caso más horrible, si cabe. Un matrimonio logra quedarse embarazado tras muchos intentos infructuosos. Durante los meses de gestación, la mujer empieza a desarrollar un antojo obsesivo de unos rapónchigos cultivados en el huerto de su vecina, una temible hechicera (resulta interesante y revelador observar que, en una primera versión del cuento, los hermanos Grimm no hablaban de una hechicera, sino nada menos que de -¿lo adivináis?- un hada). El esposo se cuela dos veces en el huerto para colmar el antojo de su esposa, antojo que por cierto parece ya rayano en la pura gula. Por desgracia, la segunda vez la hechicera lo sorprende, y le dice que podrá proveerse de cuantos rapónchigos guste… solo si le entrega al primogénito que esperan (¡aquel que tanto les costó engendrar, no lo olvidemos!), para el que en todo caso  promete ser una buena madre. El hombre, como nos podemos imaginar, acepta. Y ya sabemos qué buena memoria tienen los seres mágicos…

Ilustración de Brian Freud.

Sin embargo, no solo en los cuentos clásicos observamos este tipo de transacciones espantosas. También podemos encontrar situaciones similares en cuentos un tanto más actuales, como la película Dentro del laberinto, de Jim Henson, donde la protagonista invoca al rey de los goblins para que se lleve a su hermano pequeño, cuyo llanto tanto la irrita. Un deseo irreflexivo que, como podemos anticipar, le costará muy caro.

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