EL INCESTO EN LOS CUENTOS DE HADAS

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Fotograma de la serie televisiva El cuentacuentos

Si bien la mitología griega tenía menos escrúpulos a la hora de explorar un tema tan controvertido y tabú como el incesto, es decir, la relación carnal entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio (ahí tenemos las aproximaciones que hacen los mitos de Electra o Edipo), los cuentos de hadas clásicos tampoco han tenido muchos pelos en la lengua para abordar el tema cuando se ha terciado la ocasión. Lo cual, una vez más, nos da buena medida de lo engañosa que es la idea popular de que los cuentos son “cosas de niños”.

En Penta, la de las manos cercenadas (precioso y prometedor título), Giambattista Basile nos presenta algo que técnicamente no podría considerarse incesto, ya que no hay consanguinidad entre los implicados, pero que sin embargo, tal y como se nos presenta, sin duda tiene los tintes de una relación prohibida al borde de lo incestuoso. En este cuento, la reina de un lejano país fallece, tras lo cual el rey se enamora de la hermana de esta, es decir, su cuñada Penta (¿alguien dijo Hamlet?). Pese a los ruegos del viudo para desposarla, Penta se niega rotundamente. Y ante la insistencia de su “hermano político”, le pregunta qué es lo que lo atrae tanto de ella, a lo que el viudo responde que su belleza y, sobre todo, sus preciosas manos… Viendo el título del cuento, os podéis imaginar al extremo que llega la buena de Penta para evitar lo que, si bien no es estrictamente un incesto, para el caso como si lo fuera. Así que muerto el perro, se acabó la rabia. O lo que es lo mismo: amputado el objeto de deseo, alejada la posibilidad de una relación que ella ve contranatural. Pero, bueno, de mujeres mutiladas ya hablaremos en otro momento, que también da el tema para largo.

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Grabado de Gustave Doré para Piel de asno

Aunque quizá el caso más popular de incesto en los cuentos de hadas sea Piel de asno, que viene a ser Cenicienta con un toque algo más adulto (y grecorromano). Pues allí donde Cenicienta sufría por falta de cariño materno… la protagonista de Piel de asno padece por culpa de un padre que la quiere más de la cuenta. Al igual que hemos visto anteriormente en Penta, también este cuento de Charles Perrault empieza con una reina muerta, o mejor dicho, con una agonizante. En el lecho de muerte, obliga a su esposo a que le haga una promesa:

(…) Que me lo juréis quiero,

con la excepción, empero,

de que si halláis una mujer más bella,

mejor hecha que yo, buena y prudente,

vos podréis prometeros libremente

y casaros con ella.

El rey, convencido de que es imposible encontrar a una mujer tan perfecta, decide darle el gusto a su mujer y prometerle que cumplirá lo que le solicita. Hay versiones de esta historia, como la Sapsorrow adaptada en la serie televisiva El cuentacuentos de Jim Henson, donde la reina le hace prometer que solo se casará con aquella mujer a quien le quepa en el anular su anillo de boda (como vemos, otra variación del zapato de Cenicienta). En cualquiera de ambos casos, podemos deducir que la reina le exige lo mismo: tiene que casarse con una mujer que “encaje”, que esté a la altura, que lo dignifique.

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Fotograma de la película Piel de asno

A los pocos meses, el rey inicia la búsqueda de una nueva esposa, pero no da con ninguna que cumpla los requisitos (y mira que es grande el reino, presuponemos)… salvo su propia hija, como nos cuenta el bueno de Perrault:

(…) la Infanta únicamente era más bella

y un juvenil encanto poseía

que la difunta al fin ya no tenía.

El mismo Rey también cayó en la cuenta

y, ardiendo de pasión tan violenta,

en su locura dio en imaginarse

que con ella tenía que casarse.

La princesa, para quien la decisión es claramente más cuestionable que para el monarca, queda destrozada y, con el alma cargada de penas, busca el consejo de su hada madrina, quien le sugiere que aplace la boda usando como coartada nada menos que las exigencias de un cortejo romántico a la vieja usanza: solo se casará con su padre cuando este le traiga un vestido color de Tiempo, nada menos. Pero el monarca es el loco perfecto para satisfacer semejante locura, de modo que, amenazando de muerte a los mejores sastres del reino, consigue que le tejan ese vestido de color imposible. Cuando la princesa ve el resultado, no es que se ponga como unas castañuelas, pero tampoco se tira por la ventana de la torre, que digamos:

La Infanta, traspasada

de dolor y alegría,

no sabe qué decir ni cómo haría (…)

Ante tan ambivalentes sentimientos, es el hada quien toma la iniciativa y le propone que siga aplazando el enlace con una nueva exigencia: otro vestido imposible de concebir, que no pueda tener más resplandor que el astro de la Noche, y que tu gente me lo haga en cuatro días puntualmente. De nuevo, el obstinado pretendiente mueve cielo y tierra (y amenazas de muerte) para satisfacer las exigencias exorbitantes de su amada y, cuando al fin le trae el vestido, su hija se queda tan maravillada que ya no es que enmudezca, sino que incluso está a punto de sucumbir y aceptar la propuesta de matrimonio:

La Princesa quedó tan admirada

al ver aquel vestido

de tan maravilloso colorido

que estaba a consentir determinada.

Pero el hada madrina, que no ve con tan buenos ojos lo del incesto, se niega a darse por rendida y sugiere a la princesa que ahora pida otro vestido a su padre (quien, como nos comenta Perrault con más comprensión que el hada y menos censura de la que cabría esperar, se muestra siempre galante, pues a su manera la amaba con amor extraordinario). Esta vez, el vestido ha de ser aún mucho más brillante y de color de Sol. Por supuesto, el monarca se las ingenia para sacarse de la manga semejante ofrenda a su hija/prometida, quien otra vez queda literalmente boquiabierta e incapaz de repeler, al menos de forma rotunda e inequívoca, el cortejo de su propio padre:

La Infanta, a quien confusa

acaban de dejar aquellos dones,

no sabe qué razones

responder a su Padre y Rey.

Como podemos ver, la princesa ha pasado de andar con el alma cargada de penas a quedarse boquiabierta sin saber qué razones responder a su Padre y Rey. En fin, lo que toda la vida se ha denominado “el que la sigue la consigue”. De nuevo, es el hada madrina quien separe a los incestuosos amantes, sugiriéndole a la princesa que ahora pida algo que sabe que el pretendiente no podrá cumplir: la piel de un asno mágico que vive en palacio, que, en vez de cagar heces propiamente dichas, caga monedas de oro (no me invento nada). Y es que parece una locura demasiado grande que alguien, incluso si ese alguien es el rey, acceda a deshacerse así como así de su fuente de riquezas. Pero, ay amigos, el hada subestimaba el deseo del monarca, como nos aclara el sabio Perrault:

Mucho el Hada sabía,

y con todo ignoraba todavía

que el amor violento,

con tal de estar contento,

oro y plata puede estimar en nada.

En resumidas cuentas, que con tal de satisfacer ese “amor violento” (algunos lo llamarían lujuria, pero no seré yo quien lo haga), el rey desuella al pobre animal y, galantemente, hace entrega de la piel a su hija. Ante tan sangrienta muestra de amor, la princesa se asustó horriblemente y, claro ejemplo de la heroína “tontita” incapaz de tomar la iniciativa, sigue el consejo del hada de huir de palacio disfrazada con la piel de asno (en la versión británica, piel de gato; y en otras versiones, piel de muchos otros animales). Y dudo que comieran perdices… al menos juntos.

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