MUJERES OBJETO Y NECROFILIA EN LOS CUENTOS DE HADAS

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Fotograma de Blancanieves, de Pablo Berger

No debemos olvidar que la mayoría de los cuentos de hadas clásicos (ya en sus versiones orales, ya en las adaptaciones escritas e incluso cinematográficas posteriores) funcionan no solo como entretenimiento, sino también como obra moralizante. Es decir, no solo fabulan sobre la realidad, sino que nos dicen cómo debería ser esta realidad. Y justo uno de los elementos en los que más hincapié se suele hacer es cómo deberían ser las mujeres, esas “heroínas pasivas” (abnegadas, en el mejor caso) de las que nos habla Maria Tatar, y que a fin de cuentas recogían las preferencias sociales de otros tiempos.

Si hay algo común en estas “heroínas” es precisamente su cualidad de mujeres objeto, pues no se les conoce otra virtud que su belleza y sumisión. Tanto Blancanieves como Cenicienta son admiradas esencialmente por su hermosura (cualidad que en ambos casos han heredado de sus difuntas madres) y, adaptándose al arquetipo de la “mujer ángel” de la cultura occidental, también se caracterizan si acaso por una bondad rayana en la estupidez. En el caso de la segunda, su capacidad para sacrificarse y plegarse a los abusos de madrastra y hermanastras casi entra en el terreno del martirio puro y duro. De hecho, no podemos obviar la poderosa imagen que encontramos en el rasgo más icónico de Cenicienta, es decir, ese pie diminuto que, como comentan Lucía Etxebarría y Sonia Núñez Puente, anticipa cierta sumisión, pues los pies pequeños simbolizan que la propietaria no ha superado el estadio infantil; y en segundo lugar, porque unos pies pequeños implican una incapacidad para la marcha. Algo que por supuesto nos recuerda los famosos “pies de loto” de la China de otros tiempos, que se buscaban quebrando y deformando los pies de las propietarias desde una tierna edad para empequeñecerlos y ajustarlos a un canon de belleza.

En algunos casos, la belleza de las protagonistas es tan definitoria que incluso sirve para darles nombre (o para darles apodo, mejor dicho, pues raramente las protagonistas de los cuentos de hadas tienen un nombre de pila). Así lo vemos en La Bella y la Bestia o en La Bella Durmiente, por ejemplo, si bien en la versión de Giambattista Basile de este último cuento la protagonista se llama Talia (y en la de Disney, como todos sabemos, Aurora). Y hablando de la Bella Durmiente, resulta interesante observar las cualidades que los hermanos Grimm nos dicen que le otorgan las hadas al nacer:

La fiesta se llevó a cabo con el máximo esplendor, y cuando llegó a su fin, las hadas fueron obsequiando a la niña con los mejores y más portentosos regalos que pudieron: una le regaló la virtud, otra la belleza, la siguiente riquezas, y así todas las demás, con todo lo que alguien pudiera desear en el mundo.

Sabemos qué se entiende por belleza y qué se entiende por riquezas (de las que, suponemos, el padre de la recién nacida ya andaba sobrado, dado que era rey), pero ¿qué se entiende por virtud? Y aún más importante: ¿por qué ni siquiera se desglosan todas esas demás cualidades que “alguien pudiera desear en el mundo”? ¿Tal vez porque no se consideran tan importantes en una mujer como las otras mencionadas antes?

Claro que, a veces, esta veneración enfermiza por la belleza y pasividad femeninas acaba llevándose tan a sus últimas consecuencias que roza la necrofilia (por parte de los adoradores, se entiende, no de las adoradas). Lo observamos, de nuevo, en esa Bella Durmiente que espera en estado comatoso a que venga el príncipe que la “despierte”… con un beso en la versión de los hermanos Grimm; directamente violada (¡por un rey que, además, ya está casado!) en la versión de Basile. Por su parte, la versión de Perrault sabe hacer hincapié en la excitación fetichista, casi beata, que despierta en el príncipe ese hermoso cuerpo inmóvil:

(…) entró en un cuarto todo dorado, donde vio sobre una cama cuyas cortinas estaban abiertas el más bello espectáculo que jamás imaginara: una princesa que parecía tener quince o dieciséis años cuyo brillo resplandeciente tenía algo luminoso y divino. Se acercó temblando y en actitud de admiración se arrodilló junto a ella.

En el caso de Blancanieves, la resonancias necrófilas se llevan un paso más allá, al no conformarse con dejar a nuestra protagonista “durmiendo” el sueño de los justos en una cama real, sino directamente en un féretro. En algunas versiones del cuento, el féretro es de oro, plata o piel, e incluso está incrustrado con piedras preciosas, pero en la versión de los hermanos Grimm (en este aspecto, escrupulosamente respetada por Disney para su famosa adaptación cinematográfica), la pulsión voyerista no puede estar más exacerbada:

Luego quisieron enterrarla, pero estaba tan fresca como una persona viva y mantenía aún sus mejillas sonrosadas. Los enanos se dijeron:
—No podemos ponerla bajo la negra tierra.
E hicieron un ataúd de vidrio para que se la pudiera ver desde todos los ángulos, la pusieron adentro e inscribieron su nombre en letras de oro proclamando que era hija de un rey. Luego expusieron el ataúd en la montaña. Uno de ellos permanecería siempre a su lado para cuidarla.

La imagen es de lo más elocuente: Blancanieves expuesta como un hermoso cadáver de “mejillas sonrosadas” al que admirar “desde todos los ángulos” a través del vidrio de su ataúd. En la excelente película Blancanieves, de Pablo Berger, las resonancias necrófilas y voyeristas del cuento original se llevan más lejos que nunca, al convertir a nuestra heroína muerta en una atracción de feria, besada una y otra vez por un público que paga para entrar en el juego de “despertar” a la bella durmiente.

Ahora bien, si nuestras heroínas han de ser bellas y pasivas, ¿cómo se supone que deberían ser sus “príncipes azules”? Quizá resulte más fácil responder con lo que no deberían ser: ni bellos ni pasivos. O no necesariamente deberían serlo, al menos. De hecho, nuestros galanes pueden permitirse presentar el aspecto de feas bestias solitarias que acaban enamorando a la bella de turno con su ternura y buen corazón… o también, por qué no, pueden tener forma de animales: desde osos polares hasta erizos o ranas. Su fealdad, desde luego, jamás será impedimento para que esas bellas “tontitas”, como las define la poeta Anne Sexton, caigan rendidas a sus pies.

Sea como sea, no quisiera cerrar esta reflexión sin antes romper una lanza por una heroína que es todo lo opuesto a las arriba mencionadas: la princesa de El rey sapo o Heinrich el inflexible. Aunque el inconsciente colectivo nos presenta a nuestra princesa como una dulce jovencita que cierra los ojos amorosamente para dar un beso a la rana que se convertirá en príncipe, hay que recordar que el cuento original de los hermanos Grimm nos muestra todo lo contrario, es decir, a una joven caprichosa, tramposa y manipuladora, pero en cualquier caso con las ideas bastante más claras que sus abnegadas compañeras. La princesa de este cuento miente para conseguir sus propósitos, falta a su palabra, siente repugnancia y abierto rechazo hacia su “animal-novio” (usando la terminología de Bettelheim) y, a la hora de la verdad, no solo no le da ningún beso, sino que descarga sobre él una violencia homicida que, con toda probabilidad, la convierte en una rara avis entre las protagonistas de cuentos de hadas:

La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar; y he aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado, le dijo: “No debes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada.” Cogióla, pues, con dos dedos, llevóla arriba y la depositó en un rincón. Mas cuando ya se había acostado, acercóse la rana a saltitos y exclamó: “Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú; conque súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre.” La princesita acabó la paciencia, cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojó contra la pared: “¡Ahora descansarás, asquerosa!”

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