MUTILACIONES EN LOS CUENTOS DE HADAS

image

Imagen: Muñeca de Hans Bellmer

La fascinación de los cuentos de hadas por la mutilación humana (normalmente femenina, pero no solamente) quizá no llegue al extremo de la acrotomofilia, pero sin duda compone otro elemento más que nos indica lo poco de inocente y lo mucho de pesadillesco que pueden llegar a encerrar a veces estas historias “para niños”. Una mutilación que a veces solo es la materialización obvia de un castigo, pero que otras simboliza la renuncia a una parte de nosotros para encajar en las expectativas de otros (o para escapar de ellas…).

Hace poco hablábamos de Penta, la de las manos cercenadas, el cuento de Giambattista Basile donde la Penta del título, para evitar que su cuñado viudo la siguiera cortejando, llegaba a cercenarse aquella parte de su cuerpo que él consideraba más hermosa: sus manos. Pero si en este cuento la protagonista llegaba a renunciar a una parte esencial de sí misma para alejarse de un modelo estético, tenemos otros casos donde la mutilación busca exactamente lo contrario: encajar en lo que otros esperan de nosotros.

Ya hemos comentado alguna vez cómo en el famoso Cenicienta, con tal de hacer caber el pie en el zapato de cristal, las hermanastras de la protagonista llegan a cercenarse el talón y los dedos, y así obtener ese pie diminuto e idealizado que parece condición indispensable para casarse con el príncipe de turno.

A la mañana siguiente presentóse en casa del hombre y le dijo: “Mi esposa será aquella cuyo pie se ajuste a este zapato.” Las dos hermanastras se alegraron, pues ambas tenían los pies muy lindos. La mayor fue a su cuarto para probarse la zapatilla, acompañada de su madre. Pero no había modo de introducir el dedo gordo; y al ver que la zapatilla era demasiado pequeña, la madre, alargándole un cuchillo, le dijo: “¡Córtate el dedo! Cuando seas reina, no tendrás necesidad de andar a pie.” Lo hizo así la muchacha; forzó el pie en el zapato y, reprimiendo el dolor, se presentó al príncipe.

Otro cuento no menos popular nos presenta el mismo tipo de mutilación orientada a encajar en expectativas ajenas, si bien en este caso se trata de una mutilación algo más simbólica. Me refiero a La sirenita, de Hans Christian Andersen, donde la protagonista, con tal de seducir al príncipe del que se ha enamorado, acepta que la hechicera le extirpe la voz a través de un hechizo como pago por cumplir su sueño: dejar de tener cola de pez y lucir unas hermosas piernas femeninas, incluso aunque cada vez que camine con ellas experimente horribles dolores.

—¡…por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente, y cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor.

—¡No me importa —respondió la sirenita con lágrimas en los ojos— a condición de que pueda volver con él!

—¡No he terminado todavía! —dijo la vieja—. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.

Así pues, tenemos una doble mutilación (simbólica pero mutilación), pues la sirenita no solo renuncia a su hermosa voz, sino también a aquel apéndice que hacía de ella una sirena, para convertirse en lo que ¿anhela?: una humana. Por supuesto, obsta que anticipe que el cuento no acaba tan felizmente como nos había contado Disney.

image

A Mermaid, de John William Waterhouse

En El enebro, sin duda uno de los cuentos más sórdidos de los hermanos Grimm (y van…), la segunda esposa de un millonario decapita a su hijastro cerrando violentamente la tapa del arcón al que el niño se había asomado para buscar una manzana. No contenta con esto, para disimular el asesinato, bajó a su habitación y sacó de la cómoda un paño blanco; colocó nuevamente la cabeza sobre el cuello, le ató el paño a modo de bufanda, de manera que no se notara la herida, y sentó al niño muerto en una silla delante de la puerta, con una manzana en la mano. Cuando su hija Marlene descubre el cadáver, la pobre cree haber decapitado ella misma por accidente al niño tras darle un cachete y que la cabeza salga despedida, pero la madre ni siquiera mueve un dedo por sacarla de su error y confesar su crimen, sino que la culpa de ello y, tomando el cuerpo del niño, lo cortó a pedazos, lo echó en la olla y lo coció. Mientras, Marlenita no hacía sino llorar y más llorar, y tantas lágrimas cayeron al puchero, que no hubo necesidad de echarle sal. ¿Hace falta que diga que sirve el “delicioso” guiso nada menos que al padre del niño?

image

Ilustración de Juana Acosta para Del enebro

Por supuesto, no podemos pasar por alto otras célebres mutilaciones “alimenticias” que ya hemos visto en previas entradas, como la que tenemos en Caperucita roja (con ese lobo feroz que engaña a la protagonista para que ingiera la carne de su propia abuela troceada) o en Blancanieves (donde la madrastra ordena al cazador que le traiga el hígado y los pulmones de su hijastra para prepararse un buen guiso con ellos… si bien, como sabemos, en esta ocasión obtiene gato por liebre, ya que lo que recibe son los órganos de una cría de jabalí).

Para finalizar, y enlazando con el inicio de esta entrada, quisiera despedirme mencionando a otra muchacha que, como la buena de Penta, acaba con las manos amputadas. Me refiero a la protagonista de La joven sin manos (elocuente título), quien acaba siendo moneda de cambio en el trato que su padre, engañado por el diablo, firma para acabar con su pobreza extrema. Si bien la muchacha se lava y se purifica para evitar que el diablo se acerque a reclamarla, ya sabemos que el diablo sabe tanto por viejo como por diablo, de modo que veamos lo que ocurre…

La hija del molinero era una muchacha hermosa, piadosa, y sobrevivió los tres años en el amor a Dios y sin pecado. Cuando el tiempo se cumplió, y vino el día cuando el malvado debía llevarla, ella se lavó quedando bien limpia, e hizo un círculo alrededor de ella con tiza. El diablo apareció bien temprano, pero él no podía acercársele. Furiosamente, le dijo al molinero:

—Aleja toda agua de ella, de modo que no pueda ser capaz de lavarse ella misma, porque de lo contrario entonces no tengo ningún poder sobre ella.

El molinero tuvo miedo, y lo hizo así. A la mañana siguiente, el diablo vino otra vez, pero ella había llorado en sus manos, y estaban completamente limpias. Otra vez él no podía acercarse a ella, y furiosamente dijo al molinero:

—Córtale sus manos, porque no puedo acercarme ella.

El molinero quedó impresionado y contestó:

—¿Cómo podría yo cortar las manos a mi propia hija?

Entonces el malvado lo amenazó y dijo:

—Si tú no lo haces, tú serás mío y te llevaré.

El padre se alarmó, y prometió obedecerle.

Entonces él fue donde muchacha y le dijo:

—Hija mía, si no te corto las manos, el diablo me llevará, y como estaba aterrorizado, le he prometido hacerlo. Ayúdame en mi necesidad, y perdóname el daño que te hago.

Ella contestó:

—Querido padre, haz conmigo lo que necesites, yo soy tu hija.

Con eso ella posó ambas sus manos, y le fueron cortadas. El diablo vino por tercera vez, pero ella había llorado tanto tiempo y tanto en los tocones, que después de todo ellos estaban completamente limpios. Entonces él tuvo que darse por vencido, y había perdido todo poder sobre ella.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s