EL TRES Y LA NUMEROLOGÍA EN LOS CUENTOS DE HADAS

goya_pinturas_negras_pequeno_las_parcasImagen: Átropos, Las Parcas o El Destino, de Francisco de Goya

La palabra “tres”, que deriva del latín trinum o tiubium, se considera el primer número impar, ya que se compone por la unión de tres unidades (o, dicho de otro modo, del uno y el dos, que vienen a ser la unidad y el primer número par). Muchos matemáticos de la antigüedad consideraban que el tres era el número perfecto, el de la perfecta armonía, ya que encerraba un comienzo, un medio y un fin. En concreto, la doctrina pitagórica consideraba el tres como el primer número “real”, al ser el primero que podía manifestarse físicamente a través de la formación geométrica del triángulo. No es de extrañar, pues, que el tres represente un número sagrado en casi todas las religiones del mundo (ahí tenemos la Trinidad cristiana, la Trimurti hindú ó la Triple Diosa wiccana, entre otras). Y del mismo modo, tampoco es de extrañar que el tres siempre haya sido un número muy especial durante la historia, cargado de simbolismo y significados. Tres eran los dioses que controlaban el imperio del mundo en la mitología grecorromana. Tres eran las parcas que influían sobre la vida de los hombres. Tres son los componentes de la Santísima Trinidad cristiana. Tres eran los reyes magos. Tres vértices conformaban el triángulo amoroso que llevó a la decadencia de Camelot. Tres eran las brujas que profetizaron la tragedia de Macbeth…Naturalmente, también los cuentos de hadas se han dejado seducir por esa fascinación hacia la numerología y, en concreto, hacia el mítico número tres. Dejando de lado el famoso Los tres cerditos, basta con meternos en el no menos popular La historia de los tres osos para ver que tres son los osos que viven en la casa donde irrumpe la anciana protagonista, después reconvertida en la pequeña Ricitos de Oro. Y a su vez, tres son los estadios por los que va pasando el personaje en su particular allanamiento de morada: primero prueba las gachas, después se sienta en las sillas y, por fin, se tumba en las camas.

Kay Nielsen La historia de los tres ososImagen: Ilustración de Kay Nielsen para “La historia de los tres osos”

La repetición de un mismo acto escalado que, como no puede ser de otro modo, culmina en triunfo (para bien o para mal del protagonista) también se ve en Blancanieves (la historia, no lo olvidemos, de esa muchacha engendrada por el deseo que inspiran tres gotas de sangre contrastando con otros dos elementos -nieve y ébano-), si bien esta vez juega en contra de la protagonista. Y es que tres veces intenta la reina, haciéndose pasar por buhonera, asesinar a la sufrida joven (no una sola, como en la versión más conocida hoy): primero, asfixiándola con una cinta que le ciñe al cuello; después, clavándole un peine envenenado en la cabeza; y por último, entregándole la famosa manzana envenenada.

La reiteración de un mismo acto escalado por tres veces hasta culminar en tragedia absoluta también se da, como ya observáramos en su día, en Rumpelstiltskin (también conocido como El enano saltarín o La hija del molinero), donde la protagonista hace tres tratos consecutivos con un misterioso enano para que la ayude a tejer una montaña de paja hasta convertirla en oro. En el primer trato, promete regalarle su collar como contraprestación. En el segundo, su sortija. Ya en el tercero (y decisivo para la historia, como os podéis figurar), el enano, menos satisfecho con otra ofrenda material, le pide algo que va más allá de las normas habituales de una economía de trueque: que le entregue a su primogénito cuando este nazca.

En la versión de Cenicienta a cargo de los hermanos Grimm, el tres se repite una y otra vez con diversas resonancias. Como bien comenta Bruno Bettelheim, son dos hermanastras las que maltratan a Cenicienta, haciéndole adoptar no solo la posición más despreciable, sino también la número tres en la jerarquía; esto ocurre, igualmente, con el héroe de Las tres plumas y con cantidad ingente de cuentos en los que el héroe comienza siendo la figura inferior del pilar totémico. Además, por tres noches (no una sola; ni dos, como en la versión de Perrault) acude la Cenicienta al palacio. Por otro lado, y como curiosidad, ni siquiera tiene orden de huir a medianoche bajo peligro de recuperar su aspecto habitual, como nos denota este fragmento que comienza con cierto tono picaresco y acaba con otro marcadamente violento:

Al anochecer, Cenicienta quiso volver a su casa, y el príncipe le dijo: “Te acompañaré”, deseoso de saber de dónde era la bella muchacha. Pero ella se le escapó, y se encaramó de un salto al palomar. El príncipe aguardó a que llegase su padre, y le dijo que la doncella forastera se había escondido en el palomar. Entonces pensó el viejo: “¿Será la Cenicienta?” y, pidiendo que le trajesen un hacha y un pico, se puso a derribar el palomar. Pero en su interior no había nadie.

La tercera noche (decisiva, como podemos anticipar viendo este patrón de repeticiones escaladas), también retoma ese cierto tono picaresco, para ofrecernos una versión bien distinta de la torpeza que se le asigna popularmente a Cenicienta en su escapatoria:

Al anochecer se despidió Cenicienta. El hijo del Rey quiso acompañarla; pero ella se escapó con tanta rapidez que su admirador no pudo darle alcance. Sin embargo, esta vez recurrió a una trampa: mandó embadurnar con pez las escaleras de palacio, por lo cual, al saltar la muchacha los peldaños, se le quedó la zapatilla izquierda adherida a uno de ellos.

Por último, y sin salirnos de esta versión del cuento, también son tres las veces que prueba el príncipe el zapato de cristal en la casa de la protagonista y, asimismo, tres las veces que cree haber dado con su amada… si bien solo lo consigue a la tercera, por supuesto (no en vano, ya sabéis lo que se dice: a la tercera va la vencida).

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