PERDIDOS EN EL BOSQUE: CRÍTICA DE LA PELÍCULA “INTO THE WOODS”, DE ROB MARSHALL

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Uno puede cometer dos errores a la hora de vender (o simplemente presentar, si no queremos ser tan mercantilistas) una obra artística al público. El primer error consistiría en orquestar una campaña de marketing errónea, dirigida al público potencial equivocado o exhibiendo una visión distorsionada de la obra, de esas que prometen algo diametralmente opuesto a lo que acaban ofreciendo. El segundo, y quizá incluso más peligroso, sería concebir de forma equivocada el producto antes incluso de empezar la campaña de marketing, es decir, cuando aún se está dando forma a la obra.

Como creador, estos dos escollos los tuve muy en mente no solo cuando empecé a concebir El manjar inmundo, sino también cuando diseñamos la campaña de marketing del libro. Sabíamos que era una antología de cuentos, pero no para niños, ni siquiera para adolescentes, sino para adultos (muy adultos, añadiría yo). Sabíamos que eran relatos de terror gótico inspirados en cuentos de hadas clásicos, pero no meras versiones de cuentos en clave de terror. Sabíamos que era un libro perturbador y sórdido, pero no gratuitamente gore. Con esto quiero decir que no sacrifiqué mi visión por intentar abarcar a tantos lectores potenciales como me fuera posible. No hice concesiones innecesarias. No rebajé tonos ni temas durante la creación de El manjar inmundo, ni por supuesto intenté colársela a nadie en la promoción con un sonoro «Si te gustaron Maléfica y Érase una vez, te encantará este libro».

Bajo mi punto de vista, el gran hándicap de la película Into the Woods es que cae no en uno, sino en ambos errores. Y con semejantes mimbres, difícil era que contentase por completo a nadie. Como supongo que sabréis, Into the Woods era originalmente un musical con libreto de James Lapine y canciones de Stephen Sondheim, estrenado en San Diego en 1986, para debutar en Broadway al año siguiente. A día de hoy, se lo considera uno de los musicales míticos del Broadway contemporáneo y, sin duda, uno de los más emblemáticos de una leyenda viva como es Sondheim.

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Pero ¿de qué trata la obra? Podríamos resumir su frondoso argumento diciendo que se trata de una fábula (a)moral que usa y combina diversos personajes de cuentos de hadas clásicos, como Caperucita Roja o Rapunzel, para elaborar una reflexión bastante cínica y sombría, por momentos incluso amarga, de temas adultos muy diversos: desde la naturaleza voluble de nuestros sueños y aspiraciones hasta las consecuencias inevitables de nuestros actos; desde la lujuria y los apetitos desmedidos hasta el carácter pasajero de la felicidad; desde la relatividad de lo que consideramos el bien hasta la de aquello que consideramos el mal. Como vemos, la obra presenta una complejidad temática notable y de gran carga alegórica, aun usando para su desarrollo la fachada aparentemente inocua de los cuentos de hadas (y aun reforzándola, de vez en cuando, con algunos gags que apelan a un sentido del humor más bien simplón). Resumiendo: es una obra de apariencia infantil, sí, pero de fondo adulto. Muy adulto, añadiría yo.

Obviamente, el proyecto de la Into the Woods cinematográfica, complejo por muchos motivos, estuvo vagando a la deriva por Hollywood durante muchos años, ya incluso desde los 90. Hasta que llegó Disney. Y con Disney, llegaron las primeras manos a la cabeza de los fans de Sondheim. Porque, vamos a ver: ¿Disney?, ¿en serio? Y es que la factoría, conocida sobre todo por haber edulcorado los cuentos de Grimm hasta niveles de auténtico empalago, no parecía la más adecuada para emprender la adaptación cinematográfica de un musical más adulto que infantil, que relativiza conceptos absolutos (o mejor dicho, conceptos que Disney siempre dio por absolutos) como el bien y el mal, la inmutabilidad de nuestros sueños, el amor eterno y los finales felices.

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Por desgracia, los malos augurios no se aplacaron cuando salieron a la luz los primeros teasers de la película, donde claramente se escamoteaba que nos estaban vendiendo no solo una película musical, sino una película MUY musical. Y aunque en el tráiler sí fueron más honestos, al dejar caer por lo menos que aquello era un musical (o, al menos, una «película-Disney-con-canciones»), lo cierto es que el tono festivo y grandioso del montaje seguía siendo de lo más equívoco. Dicho en otras palabras: lo que allí podía preverse era una superproducción clásica de Disney, previsiblemente infográfica, que pasaba los mágicos cuentos de hadas por la «mágica» túrmix de la factoría para ofrecer un gran espectáculo familiar. Como es natural, los fans del musical original ya estaban horrorizados (o desconfiados, al menos) de antemano. Y los demás, maceraban una primera impresión de lo más equivocada sobre el filme.

Así pues, ¿qué ha resultado ser Into the Woods? Lamentablemente, una película que no ha contentado ni a unos ni a otros, que se ha quedado en una tierra de nadie. ¿Y es culpa de la película? Sí y no. A fin de cuentas, el filme no deja de ser víctima de una campaña de marketing equivocada, que vendía lo que no hay. Ni tiene el tono infantil, jocoso y festivo, que los padres esperaban… ni es ese gran espectáculo infográfico y frenético que nos veíamos venir. Y, por supuesto, tampoco es una ligera «película-Disney-con-canciones»: es un musical con todas las de la ley, denso, donde los actores cantan mucho durante gran parte del metraje, y para colmo canciones generalmente poco pegadizas. Canciones que, para más inri, hablan de sueños que nos decepcionan al hacerse realidad, infidelidad marital, lujuria, culpa, actos con graves consecuencias… y, en general, lo imperfectos que podemos llegar a ser los seres humanos.

Pero, claro, esto solo descontenta a parte del público. ¿Qué ocurre con la otra parte, es decir, los fans del musical de toda la vida? Pues ocurre que, por sombría que resulte, la película no deja de ser también una producción de la factoría Disney. Lo cual significa que, sí, amigos, se han hecho concesiones. Se han recortado algunas canciones, se han suprimido otras y, en general, se ha rebajado (que no desvirtuado por completo, como muchos se temían) el tono adulto del original. Y dicho esto, os invito a quienes no hayáis visto la película a que dejéis de leer, pues me temo que a partir de aquí habrá spoilers.

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Uno de los cambios más sonados es que en esta versión Rapunzel no muere, sino que se le permite tener su happily ever after con el príncipe azul soñado. Bajo mi percepción, esto no supone una gran pérdida, ya que incluso en el montaje teatral la muerte de Rapunzel me parece bastante anecdótica, y si acaso solo sirve para aportar un amargo significado al reprise que hace la bruja del Children Should Listen. En la película, este reprise también tiene lugar, aunque sea brevemente, claro que de forma menos melodramática, haciendo referencia esta vez a lo inevitable de que los padres «pierdan» a sus hijos cuando estos se independizan en su vida adulta. Y, dado que la canción sigue hablando de la vida en general, a mí me vale.

En todo caso, esto me lleva a lo que sí considero una gran pérdida: el reprise de Agony. En la versión teatral, ni el príncipe azul de Rapunzel ni el de Cenicienta son felices en sus respectivos matrimonios. De hecho, son bastante desdichados. Y sí, en la película se entrevé que, una vez cumplidos sus sueños, el «final feliz» de los príncipes y las princesas (e incluso el de los panaderos) no ha resultado ser lo que ellos esperaban. Aun así, lo que en la adaptación cinematográfica solo se insinúa o queda apenas pincelado, en la obra queda expresado de forma muy hiriente, frontal y amargamente chistosa. Esto me lleva a pensar que Disney, que no deja de ser un reflejo de buena parte de la sociedad estadounidense (y occidental, por extensión), tiene menos problemas con ser fiel a la obra en sus aspectos más violentos que en otros un tanto más, digamos, sexuales y «resbaladizos». De ahí que en la película veamos fielmente reflejados, para horror de muchos padres y sorpresa mía, algunos pasajes bastante cruentos de la Cenicienta original, como el cercenamiento del talón de la hermanastra para hacer caber el pie en el zapato o la venganza de Cenicienta al pedir a los pajaritos que picoteen los ojos de su madrastra y hermanastras. Sin embargo, mientras esto se reproduce con gran fidelidad, se nos escamotea la infelicidad marital de los príncipes y se diluyen bastante las infidelidades patológicas del marido de Cenicienta… aunque sí se mantienen, curiosamente, las insinuaciones pederastas del Lobo (Johnny Depp) a Caperucita (Lilla Crawford), intuyo que porque Disney considera que se está dando una enseñanza al público infantil: «cuidado con los extraños».

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Supongo que, a estas alturas, muchos estaréis con la duda de si recomiendo la película o no. Con esta Into the Woods es complicado posicionarse, y me imagino que yo también me quedo en una tierra de nadie, como la propia película. Debo ser sincero y admitir que fui al cine sin conocer el montaje teatral (el cual sí vi a posteriori en YouTube), de modo que, amante como soy de los musicales y de los cuentos de hadas en sus versiones menos edulcoradas, disfruté la película bastante. Mucho se ha criticado que el filme no es tan humorístico como la obra, y eso es algo que sin duda he lamentado horrores en la supresión del reprise de Agony (verdaderamente ingenioso y descacharrante en la obra teatral). Pero también os diré que no he lamentado tanto que se hayan quedado fuera otros gags que, para mi gusto, funcionan mucho peor, con un humor simplón, por no decir populachero, que nunca ha sido de mi agrado. Sí, quizá algunos piensen que eso convierte la película en algo más gris y soso que el montaje teatral, pero no olvidemos un pequeño gran detalle: esto es cine, no teatro. Los resortes humorísticos que sobre las tablas funcionaban (para quienes funcionaran, ya digo), tal vez en una gran pantalla se convirtieran en un espanto. No en vano, hablamos de lenguajes totalmente distintos.

INTO THE WOODS

Sea como sea, lo que queda claro es que Into the Woods se ha convertido en una película de difícil público objetivo. En muchos casos disgustará sin reservas y en otros gustará de forma parcial, pero raramente se la apreciará en su conjunto. Habrá quienes no conciban que Cenicienta sea tan fea/normalucha y quienes, sin embargo, prefieran hacer una suspensión de incredulidad tan solo por el buen hacer de Anna Kendrick como actriz de musical. Habrá quienes disfruten de esa Meryl Streep que ha hecho de la bruja toda una creación, pero quizá no disfruten tanto de la sosería de otros miembros del casting, como James Corden o Mackenzie Mauzy. Habrá a quienes entretenga el ritmo ágil y el tono descreído de la primera mitad, pero encuentren la segunda parte demasiado sombría y aburrida. Habrá quienes aplaudan la idea de la propuesta, pero la consideren demasiado musical para su gusto. Habrá quienes estén todo el tiempo pensando que los montajes teatrales eran otra cosa, que ellos la habrían dirigido de otra manera, y no perdonen que se haya diluido tanto el tono adulto. Y luego está ese espectador difícil de ubicar, no sé si más o menos conformista, no sé si más o menos crítico, pero que sin duda ve la película por lo que es, no por lo que pudo haber sido ni lo que le prometieron de forma equivocada.

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