ENTREVISTA POR EL ESCRITOR DAVID MATEO EN LA REVISTA SCIFIWORLD

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Cuando nos hablan de cuentos infantiles, todos pensamos en las pastitas y en la copita de mistela que nos preparaba la abuela cuando íbamos a visitarla al pueblo. Javier Quevedo, ganador de un premio Nocte con la novela Cuerpos descosidos, nos prepara un manjar bien diferente para la ocasión. Un festín de historias oscuras y macabras que toman como referencia las leyendas que escuchamos en nuestra infancia. Y es que El manjar inmundo publicado por la editorial Punto en Boca, nos presenta una colección de cuentos que evocará en nuestra cabeza todas esas fábulas creadas por los hermanos Grimm, Charles Perrault o Hans Christian Andersen. ¡Eso sí, no esperen encontrar en este libro las edulcoradas versiones que han llegado hasta nuestros hijos! Javier Quevedo hace gala de ese instinto sádico y a la vez elegante que le caracteriza para mostrarnos un paisaje literario crepuscular que no nos dejará indiferentes. ¡Vamos a conocer un poquito más esta obra!

De la novela a la antología de relatos, dos maneras de crear ficción antagónicas. ¿Qué problemas has encontrado a la hora de redactar este libro respecto a tus obras anteriores?

El mayor problema ha sido mantener una unidad atmosférica, aportar un pegamento que uniera los relatos, ya que argumentalmente tienen poco que ver unos con otros (al menos, a priori). Quería evitar que fuese una antología deslavazada, un cajón de sastre donde primara el todo vale, pues es un hándicap del que suelen adolecer muchas antologías de relatos. Mi idea era ofrecer una obra lo más homogénea posible.

¿Qué tipo de ficción te gusta más: historias largas o pequeños cuentos?

Depende. Cada historia requiere un formato. Personalmente, he disfrutado muchísimo tanto con novelas como con relatos. Eso sí, me parece importante que cada formato esté bien escogido en función del argumento. Es decir, que una novela no se vaya innecesariamente por las ramas, y que un relato no condense una historia que requeriría de muchas más páginas.

¿Fue muy complicado encontrar acomodo para una colección de relatos? Por ahí se dice que el mundo de las antologías va muy mal… aunque también se dice que esa es la tónica del mundo editorial en general.

No sabes lo que me costó mover esta antología por editoriales. Algunas estuvieron entusiasmadas desde el principio, pero cerraron ya incluso con el contrato firmado. Sin embargo, las hubo que se negaban en redondo a publicar una antología (y menos de un solo autor, y menos español, y menos de terror, y menos…). ¿Qué fue antes?, ¿el huevo o la gallina? Siempre es difícil de decir, pero en este caso yo afirmaría que antes fue el lector que la editorial. Es decir, que la mala prensa (o sospechosa comercialidad, para ser exactos) del relato corto se genera más bien en los lectores, habituados antes a leer novelas bien gordas que colecciones donde cada relato es una nueva ruptura, un nuevo esfuerzo, un nuevo escenario con nuevos personajes. Si las editoriales raramente se mojan con las antologías es porque los números cantan, me imagino. Y si cantan, no me cabe duda de que es por lo que acabo de comentar.

¿Cuándo comienza tu idilio con el cuento popular? ¿De dónde viene esa fascinación?

De la infancia, por supuesto. De cuando mi padre me leía Nabiza o Caperucita Roja. Los cuentos de hadas me han formado ante todo como lector, pues gracias a ellos descubro por primera vez la emoción, la intriga, la fascinación, qué es un héroe, qué es un villano… y, en resumidas cuentas, todo aquello sobre lo que se vertebra la ficción en general. Pero también me han formado como persona, marcándome qué se entiende por correcto e incorrecto, por moral e inmoral, qué conviene hacer y evitar. Supongo que a partir de este segundo aspecto arranca la formación como escritor, cuando empiezas a plantearte hasta qué punto esos valores que te han transmitido te sirven a ti como persona ya hecha y derecha. Ahí es donde empiezas a reescribir la ficción… tu ficción, en definitiva, tu realidad.

¿Cuál es tu personaje de cuento preferido? ¿Y el que más repulsión te causaba de pequeño?

Aún hoy conservo cierta obsesión con Caperucita, y sospecho que se debe sobre todo a la película “En compañía de lobos”, de Neil Jordan. Es un personaje visualmente muy poderoso, con esa larga capa de tela de color rojo. Casi parece una superheroína. Respecto a los que me producían rechazo de pequeño, diría que las brujas en general, desde la de Blancanieves hasta la de Hansel y Gretel. Me tenían atemorizado, las veía como la quintaesencia de la maldad.

¿En qué género te mueves mejor con el relato corto? En este libro, salvo alguna excepción como «Negra como agua estancada», donde se ve cierto toque muy ligero de ciencia ficción, casi todos los cuentos tienen un alto componente de género gótico.

Sí, en ese relato que comentas hay un ligero toque steampunk. De hecho, es el único que lo tiene, pues me daba miedo apartarme demasiado del sabor gótico y acabar yéndome por los cerros de Úbeda. Supongo que, a la hora de escribir relato corto, tengo cierta querencia por el terror. Es el género del que más he leído en dicho formato y, por tanto, en el que me siento más cómodo escribiendo. Conozco bien los resortes que lo mueven y cómo romperlos para que el invento siga funcionando y sorprendiendo.

¿Por qué el terror nos atrae tanto y ese tipo de literatura, en nuestro país, se encuentra tan maltratada? Las grandes editoriales no acaban de apostar por el terror.

No me hagas mucho caso, pero imagino que el rechazo popular al terror en concreto (y al fantástico, en general) tiene que ver con cierta tradición, con la condena que la Iglesia siempre ha impuesto en este país a cualquier fabulación o “creencia” que se desviara de lo puramente cristiano. Lo fantástico se observa como un género inmaduro, más propio de niños y adolescentes que de adultos… cuando, irónicamente, a veces encierra más verdad y sentimiento un relato fantástico que la más costumbrista y gris de las novelas.

Sadismo, crueldad, verdugos, víctimas… todo un festín inmundo. Obviamente, no es una vuelta a los orígenes porque tu texto es mucho más duro (y explícito) que las obras originales, pero también nos evadimos de ese pasteleo maniqueo que Disney le dio a todas estas historias. ¿Te costó mucho «pervertir» a Caperucita o a Blancanieves?

Lo que me costó fue no repetir lo ya visto tanto en los cuentos originales como en adaptaciones previas llevadas a cabo por otros. Por eso no escribí ninguna reinvención de El flautista de Hamelín hasta que me convencí de tener una versión realmente nueva que nunca antes se hubiera visto, y que inquietara de un modo distinto al cuento original y a otras adaptaciones. En todo momento he evitado el mimetismo, la inercia y el sopor. Yo quería inquietar, sorprender, emocionar… Pero, para lograrlo, debía ser fiel a los cuentos originales respetando solo aquellos elementos esenciales en su sustrato. Respecto a los demás componentes, se trataba de ser lo más infiel posible y crear los míos propios.

Debo admitir que en algunas de las historias me costó distinguir la fuente original. ¿Mucho trabajo de documentación o tiraste de inspiración?

Cuando escribo, trabajo mucho desde el inconsciente. Planifico, desde luego, pero muchas asociaciones de ideas surgen de forma relativamente espontánea y ni yo mismo sé muy bien de dónde. No sé a ti, pero a mí me aburren soberanamente las adaptaciones de cuentos que se limitan a tocar cuatro elementos superficiales para acabar ofreciéndote exactamente el mismo cuento que ya conocemos todos desde siempre. Me interesaba mucho más jugar con los elementos del cuento, desordenarlos, cambiar escenarios y, en definitiva, sorprender al lector (que es el punto donde creo que mejor funciona el terror: cuando te sorprenden y no sabes muy bien por dónde van los tiros). En una de las reuniones con mi editor, me dijo que debíamos dejar muy claro al lector que la antología no eran “nuevas versiones de cuentos”, sino “relatos inspirados en cuentos”. Y es muy cierto.

Mi cuento favorito es «Cáliz de sangre». ¿Cuál es el tuyo?

Quizá tengo especial debilidad por Miah, mi reinvención de Barba Azul. Desde el principio supe que mi gran baza era la protagonista, pues quería que fuese tan curiosa y sumisa como en el cuento de Perrault, pero dándole un giro muy especial. Su curiosidad tiene un origen muy distinto aquí. Y si es sumisa, es porque ella quiere, porque le gusta. A partir de ahí trabajé mucho su psique, para que tuviera un fuerte conflicto que no sabemos cómo resuelve justo hasta las últimas líneas del relato. El dulzainero también es muy significativo para mí, pues lo escribí a última hora y supone un homenaje más sentido de lo que quizá pueda parecer a mi difunto padre. Por último, La novia perfecta lo considero un gran logro, pues resulta muy complicado elaborar un relato tan sórdido y terrorífico a partir de un cuento tan rematadamente cursi y machista como La princesa y el guisante. Me dejo en el tintero otros que me encantan, como Una rosa para Beatrix o Cáliz de sangre, pero es que, si me pongo, acabaría nombrando los trece relatos del libro.

¿Y qué es lo siguiente que nos prepara Javier Quevedo?

Estoy escribiendo una novela de corte fantástico (esta vez no es de terror) ambientada en un pueblecito gallego durante la Segunda República. Un proyecto bastante ambicioso, pero que creo que puede quedar muy bonito. Lo malo es que voy muy lento, pero, bueno, mejor lento y seguro que rápido y de malas maneras.

¡Gracias por atender la llamada de Scifiworld y muchos éxitos en el futuro!

Gracias a vosotros por la oportunidad.

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