Lovecraft

RESEÑA DE “EL MANJAR INMUNDO” EN LA DISECCIONADORA DE LIBROS

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Os voy a contar una cosa muy bonita de la que me estoy percatando con este libro (y que puede parecer obvia, pero para mí no lo es): cuanto menos impedimentos le pones a la imaginación, más rico y honesto es lo que escribes. Me doy cuenta con cada nueva crítica u opinión que sale a propósito de El manjar inmundo, cuando me señalan posibles referencias e influencias en las que no estaba pensando para nada durante la escritura de los relatos, pero que seguramente sí están ahí. Hace poco mi amigo Toni me comentó que en “El dulzainero” encontró ecos de algunas pelis del estudio Ghibli (y aunque yo estaba pensando más bien en Goya, Lovecraft, Lorca y mi padre cuando lo escribía… reconozco que no me parece nada descabellada la lectura de mi amigo, pues las pelis de este estudio me encantan). Ahora en esta reseña comentan, entre otras influencias conscientes en las que han dado mucho en el clavo, que el relato que da título a la antología tiene mucho del cine de la venganza de Park Chan-Wook. Y, una vez más, debo reconocer que es probable que las tenga sin yo saberlo, porque es un autor que me gusta mucho. Cómo es el inconsciente, de verdad… (más…)

“EL MANJAR INMUNDO” EN EL HUFFINGTON POST

HP

Lo más nuevo del escritor Javier Quevedo Puchal, un libro de relatos inspirados en cuentos clásicos, nace viejo. A El manjar inmundo (Punto en Boca, 2014) le sucede lo mismo que a la serie del fotógrafo Pato Rivero Érase una vez (2012), donde Hansel y Gretel son maniquíes de modernidad hípster y, a la vez, esculturas arcaicas y hieráticas. Mediante palabras o imágenes, tanto Quevedo Puchal como Rivero juegan con la sofisticación vintage, pero no es esa su clave, sino la capacidad de conservar en lo contemporáneo lo atávico, de evocar en lo nuevo algo viejo, muy viejo. Y es un consuelo, porque volver a los cuentos de hadas requiere viajar atrás, hasta las narraciones junto al fuego, y regresar dejando los detalles y trayendo sólo el mutismo y los respingos de sorpresa, de miedo, de fascinación. Actualizarlos no es desempolvarlos o barnizarlos -como parece que sucederá en la Cenicienta de Kenneth Branagh (2015)-, es trasplantar sus sacudidas a nuestra manera de hablar, a nuestra estética, a nuestra realidad. Es acercarlos.

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